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Invadido mi Señor de tu esencia cada día, quiere estar mi corazón en las pruebas o el dolor, en las penas y alegrías.
Abrazando con tesón aquella cruz que pondrías, mirando al cielo por mí, mayor amor nunca vi que tu vida por la mía.
Invadido mi Señor de aquel aroma que un día, me diste con tanto amor que sintiera tu perdón y cantara el alma mía.
Por la hermosa bendición, que diste con tu agonía, a este indigno pecador, por eso, con emoción clamo de noche y de día:
Que nunca apartes de mí esas manos que pondrías, clavadas por mí en la cruz para poder ver la luz que al Padre me acercaría.
Que no me alejes de ti, porque entonces, ¿dónde iría? ¿hacia el mundo he de volver? ¿hacia aquello que dejé, y olvidar tu compañía?
No lo permitas Señor, pues sin ti me perdería por caminos de dolor, oscuros y sin color y a ciegas caminaría.
Por eso, Señor mi Dios, invádeme cada día, inúndame con tu amor lléname de tu calor,
QUE TU VIDA, SEA LA MÍA.
(Autor: Antonio Torres Villén)
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