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Desde
que amanece el día, bendíceme;
en
lo rudo del trabajo, ayúdame;
si
vacilo en mis buenas decisiones, fortaléceme;
en
las tentaciones y peligros, defiéndeme;
si
desfallezco, sálvame y al cielo llévame.
Amén.
Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial princesa,
Virgen sagrada, María,
te ofrezco en este día
alma, vida y corazón.
¡Mírame con compasión!
¡No me dejes, Madre mía¡
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