Señor Dios y Padre Nuestro;
Tú no eres un Dios oculto a nuestras vidas,
sino que estás más cerca de nosotros que dos corazones
que se cruzan o dos vidas que se encuentran.
Pues en tu Hijo Jesús te hemos conocido,
y continuamos viviendo tu presencia
en el amor de los hermanos
en nuestra fraternidad.
Hoy nosotros,
como en otro tiempo le ocurrió a la samaritana,
sabemos que sólo puede encontrarse contigo
quien tiene verdadera „hambre y sed de Ti“,
quien desde su propia necesidad
busca en tu vida y tus palabras
el sentido de su vida, de su trabajo y de sus días.
Lo tremendo de nuestro encuentro contigo es que
estamos ya acostumbrados a llamarte Padre,
estamos acostumbrados a considerarnos creyentes,
estamos acostumbrados
a cruzarnos con infinidad de hombres,
y como fruto de nuestra costumbre
no nos encontramos contigo ni en la oración,
ni en la reflexión sobre nuestra propia vida,
ni en la fraternidad y la compañía de los hombres.
Esta es nuestra súplica esperanzada hoy:
danos fe y sensibilidad para comprender
que tu vida y nuestra vida se encuentran en cada momento,
si nosotros queremos;
y ayúdanos a comprender las exigencias
que nacen diariamente de nuestro encuentro contigo.
Que nuestra vida, nuestra fe y nuestro amor a los demás
no sean ya una costumbre.
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